El 10 de diciembre pasado
yo almorzaba tranquila junto a mi familia cuando
de repente en TVN interrumpen la programación
con un EXTRA!: “Muere el general Augusto
Pinochet”. Si, porque ningún canal
de televisión chilena fue capaz de decir:
“muere el dictador, el tirano, el traidor
o el ladrón”. Hubo un inmerecido
respeto por parte de los medios, creo yo, en la
búsqueda de la tan esquiva “objetividad”.
La noticia provocó muchas cosas en mi,
pero sobretodo interés. No me despegué
del televisor hasta alrededor de 5 horas después,
cuando el sueño y la resaca del sábado
derribaron mis párpados, pero mientras
se desarrolló todo este suceso nacional
pasé por varias reflexiones. Primero dije:
“Menos mal que se murió el #%&!^$!!!!!”.
Luego pensé mejor:…”pero se
fue sin ir a la cárcel…era lo mejor
que le pudo haber pasado a este hijo de puta”.
Y en un lapsus
dije en voz alta: “puta, por culpa de este
viejo no voy a poder ver la Cultura entretenida
, justo ahora que ya estaba siguiendo el Diario
de grandes felinos ”. Después de
un rato, sin despegarme de la tele, vi cómo
el hospital militar empezaba a llenarse de gente
enojada amantes de Pinochet. Gente de todas las
clases sociales, hombres, muchísimas mujeres,
mucho pelo rubio teñido y lo más
lamentable: muchos jóvenes.
El por qué es algo que me cuesta comprender,
el que su pensamiento sea una herencia familiar
no es justificación, existen libros de
historia, diarios, noticiarios y existen sobretodo
HECHOS comprobados. Lo paradójico es que
toda esa gente pertenece a sectores políticos
de la derecha conservadora, los mismos que no
están de acuerdo con con la píldora
del día después, los mismos que
no quieren que se legalice en torno al aborto
y la eutanasia, osea, los mismos que defienden
a pies juntos la VIDA, pero que a la hora de poner
en la balanza la vida de miles de personas y la
estabilidad económica, se inclinan por
esta última opción: un modelo económico
neoliberal que hasta ahora nos supone como un
gran país que corre hacia el desarrollo
pero que en la práctica nos tiene como
uno de los países con la peor distribución
del ingreso…en fin.
Por un lado tenemos a gente iracunda llorando
por su muerto y por el otro a gente feliz celebrando
o gente con sentimientos encontrados porque querían
que el susodicho pagara. ¿Pagar? ¿Pinochet?
(un aplauso para la justicia chilena!! Y otro
más por favor). En otro rincón están,
por supuesto, quienes observan la noticia distantes,
como observadores lejanos, chatos de todo lo que
tenga que ver con Pinocho, los apolíticos,
los hastiados y los nihilistas. Pero esta cuestión
no se trata de pertenecer a ningún partido
ni de una cuestión política sino
de humanidad, de alteridad
y de empatía.
Lo que ha pasado en nuestra historia no debe ser
borrado ni justificado. Los pueblos crecen cuando
tienen memoria, y “para que algo permanezca
en la memoria se lo graba con fuego; sólo
lo que no deja de doler permanece en la memoria”.
Pero parece que ese dolor es sólo para
unos cuantos, esos que aún tienen la herida
abierta y sangrante. Esa herida hay que cerrarla,
ya ni se cómo, pero lógicamente
sin pretender que aquí no ha pasado nada.
Yo no confío en que se haga justicia y
más encima el asesino ya se fue a la tumba…
Por
ahora, podemos comenzar el año nuevo haciendo
un ejercicio de tolerancia y hablar de estas cosas
sin agarrarnos de las mechas. No es malo recordar
a Habermas, quien propone la emancipación
por medio de la acción comunicativa, pero
para eso se necesita una condición primordial:
la orientación al concenso.
Soy la señorita López Pérez
y no podía empezar mi columna en este sitio
del tercer mundo sin hacer referencia a tamaño
forado en nuestras mentes chilenas…total
nadie sabe en realidad cuánto de herencia
dejó en nosotros el muy conche`su madre.
Nietzsche, Friedrich: “La genealogía
de moral”, pág 69
Texto
- Señorita Lopèz Perèz
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