La
madrugada del 25 de diciembre en el bar “el
Huasón” se celebró la navidad
de manera diferente…. a punta de cadenazos,
botellazos y combos. Un grupo de no se quienes
(porque especulaciones hay muchas: skin head,
neonazis, punkies o bla bla bla) protagonizaron
una violenta riña, que en realidad terminó
en golpiza al dueño del bar, a quien dejaron
bastante mal herido.
La cuestión, es que este hecho ha servido,
a parte de constituirse en comentario obligado
de la bohemia talquina y del sermón un
tanto paranoico de ciertos padres hacia sus hijos,
para especular en torno a la existencia de ciertas
“tribus urbanas” o pandillas o movimientos
ideológicos o qué se yo. Si, porque
revisando la prensa local y escuchando lo que
la gente dice, no sé si trata en realidad
de grupos organizados y estructurados o de un
puñado de niñitos violentos haciendo
maldades que no miden las consecuencias de sus
actos.
Esta no es la primera vez que sucede algo así
y no será la última. Homofóbicos,
xenofóbicos y curados jugosos hay en todas
partes. Desde el pueblo tercer mundista más
pinganilla hasta el más desarrollado país
europeo.
Phillipe Breton en su libro “La utopía
de la comunicación” plantea que la
sociedad de la comunicación (la nuestra)
que se suponía transparente y emancipadora
finalmente construye a una especie de hombre-recipiente
(dispuesto a llenarse con cualquier bombardeo
mediático o ideológico) que además
deja la puerta abierta para la violencia y las
ideologías de exclusión. El hombre-recipiente
del que habla Breton, es en definitiva, un hombre
vacío, sin mayor identidad que la que le
brinda un mundo policéntrico, sin un referente
totalizante como dios. En este sentido estaríamos
hablando de una consecuencia de la modernidad
y de una sociedad mediática. Pero el desprecio
por la diferencia no es un cuento moderno exclusivamente,
es un asunto tan viejo como la misma humanidad….y
tal vez hasta inherente a ella. Es cosa de fijarnos
en nuestros propios actos, en nuestros prejuicios
o en nuestra estrechez de mente a la hora de comprender
al “otro”, nuestra imposibilidad para
transportarnos a otros contextos porque naturalmente
todo parte del yo, de nuestra propia y única
experiencia, nuestra realidad y nuestro sentido
subjetivo.
Históricamente
siempre ha existido una razón, un motivo
o una legitimación para oprimir o derechamente
excluir a ciertos grupos, desde la religión
hasta la política o la economía:
los grandes ejes sociales.
La violencia se ha tratado de racionalizar y
los mecanismos coercitivos también. Supuestamente
nuestra sociedad los condena y pienso que eso
está bien, porque es obvio que todos queremos
andar tranquilos por las calles, pensar y decir
lo que queremos sin que nadie nos violente. Sin
embargo difícilmente llegaremos a estar
tan alienados como para que nuestro instinto animal
se subyugue por completo. Siempre habrá
una falla en el sistema o una piedra en el zapato…
Texto - Señorita
Lopèz Perèz |